Hace unos días, The New York Times publicaba un reportaje sobre una sociedad cuyos cimientos estaban siendo socavados por la desigualdad extrema. Esta sociedad proclama que recompensa a los mejores y más brillantes, independientemente de cuáles sean sus antecedentes familiares. En la práctica, sin embargo, los hijos de los ricos se benefician de oportunidades y relaciones inaccesibles para las criaturas de las clases media y trabajadora. Del artículo se desprende que la brecha entre la ideología meritocrática de la sociedad y su realidad cada vez más oligárquica está teniendo un efecto profundamente desmoralizador. Bill de Blasio, candidato a alcalde de Nueva York, en campaña. / Timothy Clary (Afp) El reportaje explicaba, en pocas palabras, por qué la desigualdad extrema es destructiva, por qué suena hueca la afirmación de que las desigualdades no son importantes siempre que haya igualdad de oportunidades. Si la diferencia entre los ricos y el resto de la gente es tal que...