jueves, 29 de octubre de 2009

LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE LAS EMPRESAS por José María Zufiaur



La llamada Responsabilidad Social Corporativa, en terminología más anglosajona, o Responsabilidad Social de las Empresas (RSE), en expresión acuñada en Europa, se ha expandido con gran rapidez en nuestro país. Hasta el punto de que el nuestro es uno de los que cuenta con un número mayor de empresas afiliadas al Global Compact, el organismo de Naciones Unidas que asocia a las empresas con intenciones responsables. La RSE se ha convertido en una nueva fuente de negocio para consultores, difusores y centros de formación. En el mejor de los casos, la responsabilidad social de las empresas consiste en realizar actividades voluntarias más allá de las obligaciones legales y convencionales a las que están sometidas, sin causar perjuicio alguno. En el peor, en la compaginación de actividades filantrópicas o de estrategias de negocio tendentes a mejorar su imagen con otras de clara connotación económica, social o ecológica poco edificantes.

Este fenómeno no surge como consecuencia de una repentina concienciación de las empresas – aunque más preciso y justo sería hablar de algunas empresas, sobre todo de las más grandes y transnacionales - hacia un mayor compromiso con la sociedad en la que actúan. Es, por el contrario, el producto de un conjunto de fenómenos que han confluido a lo largo de los últimos 50 años. De entrada, es hijo de la ideología liberal que ha abogado por menos regulación y más autorregulación, ideología que ha desembocado, entre otras cosas, en la crisis que estamos padeciendo. En la UE, por ejemplo, mientras que las abundantes normas económicas son obligatorias las sociales son, cada vez más, escasas y voluntarias. En una vuelta hacia el pasado – en el que, en las políticas sociales, primaba el paternalismo, la filantropía, la caridad – estamos pasando de lo obligatorio (la ley, el convenio) a lo voluntario (códigos de buena conducta, labels, comparaciones de buenas prácticas). Y la RSE es una expresión paradigmática de ello.

Una tendencia que también se ha implantado en el ámbito mundial: mientras que las normas del comercio internacional, de la OMC, son obligatorias y sancionables, las de la OIT son optativas, carecen de recurso jurisdiccional para sancionar las violaciones y afectan en casi su totalidad sólo al trabajo asalariado, claramente minoritario en la mayor parte del mundo.

Junto a una globalización sin apenas reglas sociales, el retraimiento del Estado es otro factor que explica esta exigencia de mayor responsabilidad social a las empresas. Las regulaciones sobre el trabajo y las protecciones sociales a ellas vinculadas se han fragilizado. Las políticas de protección social han derivado en muchos casos en políticas de asistencia social, transferidas en nuestro caso a las Comunidades Autónomas, que, además, suelen ser subcontratadas a organizaciones no gubernamentales. Las dotaciones públicas de cooperación al desarrollo se retraen, en la mayor parte de los países más desarrollados, mientras que aumentan las contribuciones de las fundaciones creadas por las grandes corporaciones multinacionales. Lo que antes estaba amparado por el Estado, mediante las regulaciones y protecciones del trabajo, las políticas universales de protección social y a través de las políticas públicas de cooperación al desarrollo, se viene transfiriendo cada vez más a la autorregulación responsable de las empresas, a la gestión privada de los servicios sociales, a la sustitución de las políticas públicas de ayuda al desarrollo por las privadas. Con la necesaria precisión de que gran parte de ello es financiado mediante un aumento de las desigualdades entre salarios y excedentes empresariales, mediante subvenciones públicas y reducciones de impuestos.

La primera razón, pues, de esta eclosión de la RSE es el deshilachamiento del modelo socialdemócrata de sociedad creado tras la revolución de octubre, la Gran depresión de los años 30, el protagonismo de los trabajadores en la lucha contra el fascismo. Que tuvo su período de esplendor entre 1945 y 1975.

La segunda, es la emergencia de los riesgos vinculados a la actividad de las empresas multinacionales, emancipadas de los Estados nacionales y sin un marco mundial de regulación. Los ciudadanos son cada vez más conscientes de estar sujetos a riesgos que nadie parece controlar y que, en gran medida, son protagonizados por empresas multinacionales. Riesgos medioambientales, riesgos industriales, riesgos alimentarios, riesgos sanitarios, riesgos sociales vinculados a la pobreza y la desigualdad. Catástrofes ecológicas, como la del Prestige, el Erika, el Esson Valdés; catástrofes industriales como las sucedidas en Bhopal, en Seveso, en Toulouse, en Puertollano; riesgos alimentarios, como el de las vacas locas; riesgos sanitarios como el del aceite del colza o el de la propagación de pandemias; riesgos medioambientales vinculados a la explotación desaforada de las reservas y los recursos naturales; riesgos sociales y humanos vinculados a la falta de respeto a los más básicos derechos humanos.

Riesgos relacionados, igualmente, con la enorme concentración de poder tecnológico en manos de las grandes multinacionales. En muchos casos son estas empresas las que sistematizan la aplicación de los avances tecnológicos, las que contribuyen a la aceleración, o retraso, del progreso técnico, las que deciden qué se investiga, cómo se aplica lo inventado y en que partes del mundo se distribuye. Este es un enorme poder económico, pero también social, político, ético. Los avances técnicos no son inocuos y tienen, en muchos casos, un carácter ambiguo en términos éticos y políticos. Sus beneficios dependen, en parte, del uso que se haga de ellos. Pensemos al respecto en temas como la biotécnica, los organismos genéticamente modificados, la energía nuclear, el desarrollo de Internet, la utilización de los medios de comunicación…

Los ciudadanos son cada vez más conscientes de que detrás de este tipo de riesgos está la actuación – en unos casos por acción y en otros por omisión – de grandes empresas multinacionales. Empresas que, en el contexto de la globalización, escapan en gran medida al control de las instituciones políticas democráticas. Además, en los últimos años se ha producido una crisis de legitimidad de las empresas como consecuencia de renombrados escándalos, como los de Parmalat, Enron, Vivendi. Y todos los que tan famosos se han hecho en los últimos meses, desde Madof hasta Lehman Brothers. Escándalos con enormes consecuencias sociales que se terminan solapando mediante el conocido mecanismo de la “socialización de pérdidas”.

En fin, la RSE surge así mismo de la mayor vulnerabilidad de las empresas a su imagen, a su “capital reputación”. Del mismo depende su penetración en mercados, su cotización en bolsa, su aceptación social. De ahí que estén dispuestas a tratar de blanquear una imagen que, en no pocas ocasiones, es fuertemente criticada por su actividad principal.

¿Es este un fenómeno que puede extenderse y perdurar? No es muy probable, aunque todo depende de si el nuevo capitalismo que ha surgido en los últimos 30 años – en contraposición con el capitalismo de compromiso que surgió tras la segunda guerra mundial – prevalece. En primer lugar, porque el discurso de la RSE (contar con los actores implicados, con los stakholders) va a contracorriente del capitalismo financiero imperante. En el que el accionista es el rey y la participación real de los trabajadores y de otras partes implicadas en el gobierno de las empresas es cada vez más virtual y periférica. En segundo lugar, porque los grandes desafíos a los que nos enfrentamos – desigualdades sociales, cambio climático, migraciones, geoestrategia de la seguridad – requieren respuestas urgentes, obligatorias y generales. Lo contrario de lo que representan las actuaciones de RSE: acciones individuales, voluntarias, marginales, lentas. En la UE, por ejemplo, cuando la constitución de Comités de Empresa Europeos era voluntaria, se crearon 20. Desde que en 1994 se promulgó una directiva para regularlos su número ha ascendido a 850.

Las políticas de RSE suelen orientarse en una doble dirección. De un lado, hacia la respuesta filantrópica: restauración de patrimonio, contratación de colectivos con dificultades de inserción, edición de música folklórica, provisión de hamacas para que los trabajadores gocen de unos minutos de relax... De otro, mediante una estrategia más global y marquetiniana dirigida a mejorar su imagen y mantener mejores relaciones con el entorno. En este tipo de estrategias, las empresas tienden, en general, a marginar a las organizaciones sindicales y a asociar, en cambio, a algunas ONGs.

Desde el punto de vista de los sindicatos, las estrategias de RSE comportan algunos riesgos. Pero también oportunidades. Entre las primeras, el riesgo de creer que la participación puede sustituir a la relación de fuerzas. El riesgo de que lo voluntario – los códigos, indicadores, protocolos y otras fórmulas similares – vayan sustituyendo a los convenios o inhibiendo la acción legislativa. También el riesgo de ser sustituidos, en acciones internacionales, como interlocutores por algunas ONGs. Entre las oportunidades podemos citar cuatro principales. En primer lugar, la posibilidad de utilizar la mayor vulnerabilidad de la imagen corporativa de las empresas. De hecho, muchos de los últimos grandes conflictos sociales – como en el caso de Danone – se basaron en el ataque a la imagen de la empresa. Además, la acción sindical puede utilizar la política de responsabilidad social empresarial para exigir rendimiento de cuentas y para poner en contradicción lo que se dice con lo que se hace: respecto a los trabajadores, a los clientes, a los proveedores, a la transparencia contable y financiera. Para el sindicato, la RSE puede, así mismo, ofrecer la oportunidad de nuevas alianzas con otras partes interesadas: autoridades locales, organizaciones sociales y medioambientales, consumidores, ciudadanos. Finalmente, la RSE puede posibilitar abrir brecha en algunos temas de negociación colectiva o bien implicar a las empresas en los procesos territoriales de reconversión industrial.

En realidad, la prueba del 9 de la calidad de las políticas de RSE se resume en cinco puntos. Primero, si las empresas que mantienen políticas de RSE, además de hacer equis cosas loables y bienintencionadas, son responsables en su negocio principal. Segundo, si la empresa es responsable con sus propios trabajadores y si cuenta con las organizaciones sindicales a la hora de elaborar sus memorias (de las 35 empresas españolas del IBEX, sólo una lo hace). Tercero, evitar que subrepticiamente se trate de sustituir lo obligatorio – ley y convenio – por declaraciones, códigos, protocolos de carácter voluntario. Cuarto, que efectivamente exista una rendición de cuentas, que no es lo mismo que una mera comunicación. Finalmente, es esencial que exista una evaluación independiente de las financiadas por las empresas.

Con motivo de las últimas elecciones al Parlamento Europeo, un conjunto de organizaciones sociales plantearon algunas demandas para hacer más creíbles las políticas de RSE, que reproduzco:
1) Establecer la responsabilidad jurídica de la empresa madre, con posibilidad de recurso ante los tribunales (como sucede en Estados Unidos con una legislación denominada “Alien Tort Act”), de lo que puedan hacer sus filiales fuera de sus fronteras
2) Establecer un deber de vigilancia de los dirigentes empresariales en materia de impacto social y medioambiental de sus filiales y proveedores.
3) Implantar un modelo de Informe anual obligatorio para todas las empresas cotizadas en bolsa y, en general, para todas las mayores de 1.000 trabajadores. Con sanciones si no se realiza dicho informe.
4) Transparencia contable. Obligar a las multinacionales a hacer públicos en los países en los que operen: los datos de sus actividades; de sus beneficios; de los impuestos que pagan
5) Hacer transparentes los precios de las transferencias entre filiales, que normalmente se realizan muy por debajo del precio de mercado para ocultar beneficios.
6) Establecer mecanismos para evitar la opacidad y la impunidad de las empresas que facturan operaciones y servicios en una sucesión de paraísos fiscales. Estas actividades no son sujetas a impuestos, cuando en realidad se realizan, por ejemplo, en Europa. Ello es esencial ya que aproximadamente un 50% del comercio mundial transita por paraísos fiscales.


José María Zufiaur. 22 de octubre de 2009. Para la Fundación Sistema

miércoles, 28 de octubre de 2009

¿TODAVÍA TIENE FUTURO EL INDIVIDUALISMO? por Leonardo Boff


En Estados Unidos hay una crisis más profunda que la económico-financiera. Es la crisis del estilo de sociedad que se formó desde que fuera constituida por los «padres fundadores». Es una sociedad profundamente individualista, consecuencia directa del tipo de capitalismo que fue implantado allí. La exaltación del individualismo adquirió forma de credo en un monumento delante del majestuoso Rockfeller Center en Nueva York, en el cual se puede leer el acto de fe de John D. Rockfeller Jr: «Creo en el supremo valor del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a perseguir su felicidad».En un fino análisis contenido en su clásico libro La democracia en América (1835), el magistrado francés Charles de Tocqueville (1805-1859) señaló al individualismo como la marca registrada de la nueva sociedad naciente. El individualismo se mantuvo triunfante, pero tuvo que aceptar límites debido a la conquista de los derechos sociales de los trabajadores y especialmente al surgimiento del socialismo, que contraponía otro credo, el de los valores sociales. Pero con el derrocamiento del socialismo estatal, el individualismo volvió a tener vía libre bajo el presidente Reagan hasta el punto de imponerse en todo el mundo en forma de neoliberalismo político.Contra Barack Obama, que intenta un proyecto con claras connotaciones sociales, como salud para todos los estadounidenses y medidas colectivas para limitar la emisión de gases de efecto invernadero, el individualismo resurge con furor. Le acusan de socialista y de comunista y, en facebook, en internet, hasta no se excluye su eventual asesinato si llegara a suprimir los planes individuales de salud. Y eso que su plan de salud no es tan radical, pues, tributario todavía del individualismo tradicional, excluye de él a todos los emigrantes, que son millones.La palabra «nosotros» es una de las más desprestigiadas de la sociedad estadounidense. Lo denuncia el respetado columnista del New York Times, Thomas L. Friedman en un excelente artículo: «Nuestros líderes, hasta el presidente, no consiguen pronunciar la palabra ‘nosotros’ sin que les produzca risa. No hay más ‘nosotros’ en la política estadounidense, en una época en que ‘nosotros’ tenemos enormes problemas -la recesión, el sistema de salud, los cambios climáticos y las guerras en Irak y en Afganistán- con los que sólo vamos poder lidiar si la palabra ‘nosotros’ tiene una connotación colectiva» (JB 01/10/09).Sucede que, por falta de un contrato social mundial, Estados Unidos se presenta como la potencia dominante, que prácticamente decide los destinos de la humanidad. Su arraigado individualismo proyectado al mundo se muestra absolutamente inadecuado para señalar un rumbo al ‘nosotros’ humano. Ese individualismo no tiene ya futuro.Se hace cada vez más urgente un gobierno global que sustituya el unilateralismo monocéntrico. O desplazamos el eje del ‘yo’ (mi economía, mi fuerza militar, mi futuro) hacia ‘nosotros’ (nuestro sistema de producción nuestra política y nuestro futuro común) o difícilmente evitaremos una tragedia, no sólo individual sino colectiva. Independientemente de ser socialistas o no, lo social y lo planetario deben orientar el destino común de la humanidad.Pero, ¿por qué ese individualismo tan arraigado? Porque está fundado en un dato real del proceso evolutivo y antropogénico, pero asumido de forma reduccionista. Los cosmólogos nos aseguran que hay dos tendencias en todos los seres, especialmente en los seres vivos: la de auto-afirmación (yo) y la de integración en un todo mayor (nosotros). Por la autoafirmación cada ser defiende su existencia; si no, desaparece. Pero por otro lado, nunca está sólo, está siempre enredado en un tejido de relaciones que lo integra y le facilita la supervivencia.Las dos tendencias coexisten, juntas construyen cada ser y sustentan la biodiversidad. Excluyendo una de ellas surgen patologías. El ‘yo’ sin el ‘nosotros’ lleva al individualismo y al capitalismo como su expresión económica. El ‘nosotros’ sin el ‘yo’ desemboca en el socialismo estatal y en el colectivismo económico. El equilibrio entre el ‘yo’ y el ‘nosotros’ se encuentra en la democracia participativa que articula ambos polos. Ella acoge al individuo (yo) y lo ve siempre insertado en una sociedad mayor (nosotros), como ciudadano.Hoy necesitamos una hiperdemocracia que valore cada ser y a cada persona y garantice la sostenibilidad de lo colectivo que es la geosociedad naciente.
Fuente: KoinoniaLeonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor

jueves, 15 de octubre de 2009

Madrid no debe ser Moscú, por Tomás Gómez

NO SUELO PUBLICAR NOTICIAS O ARTÍCULOS DE ACTUALIDAD POLÍTICA PERO EN ESTE CASO CONSIDERO QUE SU LECTURA ES INTERESANTE, CLARIFICADORA Y SOBRE TODO PERMITE UN PUNTO DE REFLEXIÓN MÁS PAUSADA. ADEMÁS APRECIO MUCHO A TOMÁS GÓMEZ, SECRETARIO GENERAL DEL PSM PSOE.
Cuál sería el paisaje de una nación en la que la corrupción produjera réditos políticos a los sospechosos de cometerla? Hasta ahora tenemos que lanzar la mirada más allá de nuestras fronteras para percibir esa desoladora imagen. Si el contagio nos alcanzara, todos aquellos -políticos y ciudadanos- que creemos en la política como un instrumento capaz de cambiar la vida de las personas y hacerlas más felices habríamos empezado a caminar hacia un nuevo exilio. Esa catástrofe no va a ocurrir si permanecemos atentos y combativos en la denuncia constante del clima de tolerancia con los corruptos que, interesada o pasivamente, se intenta trasladar a la sociedad.
Las luces de alarma se encienden, no obstante, cuando estos días analizamos con absoluta estupefacción la receptividad que ha encontrado en muchos medios de comunicación, entre gran número de dirigentes del Partido Popular e incluso en destacados miembros de mi partido, la actuación de Esperanza Aguirre aceptando la salida de su grupo parlamentario de los tres imputados en la trama Gürtel. No salgo de mi asombro cuando observo que se la ha calificado como "referente de lo hay que hacer" o "ejemplo de actuación". Mal iríamos en el camino de la regeneración de lo público si confundiéramos la habilidad táctica para eludir responsabilidades que han venido siendo denunciadas constantemente por la oposición en Madrid, con la amnesia de la realidad.
Vamos a recordar. El "muñidor de la trama", Alberto López Viejo, defenestrado en el Ayuntamiento de Madrid por "ciertas dudas" sobre irregularidades en su gestión, fue rescatado por Esperanza Aguirre como persona de su máxima confianza a quien encarga la organización de todos sus actos como presidenta de la Comunidad y de los del PP, que ella también preside, hasta hace muy poco: febrero de 2009. El sumario evidencia un auténtico saqueo a las arcas públicas, a los impuestos de los ciudadanos, con el único objetivo de engrandecer una imagen política.
La mayoría de las facturas son insultantes. Dos tarimas para un acto con niños afectados por síndrome Down, 11.934 euros; 8.000 euros por dos jaimas que nunca se llegaron a instalar; escenario y atriles para un concierto de niños discapacitados, 10.525 euros; o el alquiler de 300 sillas para un concierto de villancicos, que no pueden ni deben costar 11.971 euros, por poner algunos ejemplos.
En ocasiones fue más caro el montaje del evento que el objeto del acto (subvenciones a entidades o convenios de colaboración) salvo que convengamos en que el auténtico objetivo era el propagandístico. Las facturas no sólo recibían el visto bueno de López Viejo, sino el de personas muy cercanas a la presidenta, como el ex viceconsejero de Inmigración, Carlos Clemente, o el todavía ejerciente viceconsejero de Presidencia e Interior, Alejandro Halffter. La habilidad táctica no puede ocultar la realidad de que Esperanza Aguirre, tardíamente quejosa del comportamiento de López Viejo, está tocada directamente por la trama de la corrupción.
Ella es la responsable de que estos presuntos delincuentes sean diputados, de que los ex alcaldes de Pozuelo y Boadilla hayan sido cabezas de lista electoral, de que se haya impedido a la oposición examinar los más de 360 expedientes de contratación de la trama Gürtel, y de que hoy sigan en su entorno de confianza más directa personas que dieron su visto bueno a auténticos robos. Los miles de folios aún sometidos al secreto del sumario pueden deparar muchas otras sorpresas.
Como responsable de la oposición socialista en Madrid, no me entusiasma, ni me deslumbra, que con su gesto Esperanza Aguirre intente sacarle los colores a Mariano Rajoy. Dejo esa actitud para quienes tienen una visión cortoplacista de la política, con el pensamiento puesto en hipotéticos réditos electorales. Allá Esperanza y Rajoy con sus querellas y su lucha de ambiciones. No hace falta ninguna finta de Esperanza Aguirre para considerar que el comportamiento del presidente del PP en esta crisis es sencillamente inaceptable y mediocre como dirigente político. Pero, desde luego, el comportamiento de Esperanza Aguirre no es mucho mejor. No es Esperanza Aguirre, pese a quienes se sienten seducidos por sus artificios, la que limpia la corrupción en Madrid, sino la responsable de la crisis política y ética que soporta esta comunidad.
No deseo hacer de la denuncia de la corrupción el eje fundamental de mi política en la oposición, pero no daré la espalda a la responsabilidad que tenemos en la denuncia y vigilancia de la acción de gobierno. Mi vocación es la de plantear alternativas y a eso he venido dedicando mi esfuerzo, por mucho que eso no tenga ni el morbo ni la incidencia mediática de otras concepciones al uso.
No puedo admitir, en silencio que sería cómplice, que se aplauda o se valide un comportamiento que algunos entienden como rentable en claves de confrontación electoral. Me niego a admitir que se extienda a Madrid la vergüenza de que un 66% de los ciudadanos crea que los rumores de corrupción que afectan a sus dirigentes son ciertos, pero siga respaldándolos con sus votos. Eso ocurre en Moscú, y parece que la ola polar amenaza ya nuestras costas. Hagamos una muralla.

Tomás Gómez es secretario general del PSM-PSOE.
Publicado en Tribuna de El País (15/10/09)

martes, 13 de octubre de 2009

CARENCIA DE JUSTA MEDIDA, por Leonardo Boff

Nuestra cultura se caracteriza por el exceso en casi todos los ámbitos de la vida: exceso en la utilización de los recursos naturales, en la explotación de la fuerza de trabajo, en la especulación financiera, en la acumulación de riqueza. La crisis actual es en gran parte fruto de este exceso.El historiador inglés Arnold Toynbee en sus estudios sobre el nacimiento y muerte de las civilizaciones señala que éstas entran en colapso cuando el exceso, en más o en menos, empieza a dominar. Es lo que estamos viendo actualmente. De ahí la importancia de reflexionar sobre la justa medida, que acaba siendo sinónimo de sostenibilidad.La justa medida tiene que ver con lo óptimo relativo, es decir, con el equilibrio dinámico entre el más y el menos. Por una parte, toda medida es sentida negativamente como límite a nuestras pretensiones. De ahí nace la voluntad y hasta el placer de violar el límite. Y por la otra, es sentida positivamente como la capacidad de usar en forma moderada potencialidades que pueden dar otro rumbo a la historia y así garantizar la continuidad de la vida.Veamos rápidamente el lugar de la justa medida en algunas de las grandes culturas que conocemos.En las culturas de la cuenca del Mediterráneo, especialmente entre los egipcios, griegos, latinos y hebreos la búsqueda de la justa medida era central. Lo mismo se da en el budismo y en la filosofía ecológica del Feng Shui chino. Para estas tradiciones el símbolo era la balanza y las respectivas divinidades femeninas, tutoras del equilibrio.La diosa Maat era la personificación de la justa medida para los egipcios. Bajo su responsabilidad estaba la medida política que permitía que todo fluyera equilibrada y armoniosamente. Pero los sabios egipcios pronto percibieron que ese equilibrio solo era sostenible si la medida exterior correspondía a la medida interior. En caso contrario, impera el legalismo. Hoy sabemos que su visión influyó fuertemente en el pensamiento griego y latino e hizo que una de las características fundamentales de la cultura griega fuese la búsqueda insaciable de la medida (metrón en griego, de donde viene nuestro metro). Es clásica la formulación, verdadera regla de oro: «la perfección está en la justa medida de todas las cosas».La diosa Némesis, venerada por griegos y latinos, correspondía a la diosa Maat de los egipcios. Representaba la justicia divina y la justa medida. Quien osase sobrepasar la propia medida (eso se llamaba hybris = arrogancia y presunción exacerbadas) era inmediatamente fulminado por esta divinidad. Así, por ejemplo, los campeones olímpicos que, como en los días actuales, se dejaban endiosar por sus admiradores; también los escritores y artistas que permitían su divinización por causa de sus obras.La Biblia judeocristiana formula, a su manera, la búsqueda de esta medida: Se basa en el reconocimiento del límite infranqueable entre el Creador y la criatura. Ésta jamás podrá traspasar ese límite y ser como Dios. La gran tentación formulada por la serpiente a Adán y Eva en el paraíso terrenal era: si traspasaban el límite serían como Dios. Lo traspasaron y recibieron el castigo: la expulsión del paraíso. Pecado es no aceptar la situación de criatura, es rechazar ese límite y esa medida, es intentar elevarse a la altura divina.A pesar de la expulsión, la misión de cultivar y guardar el jardín del Edén continuó. Aquí se anuncia una medida de valor siempre actual: el ser humano puede intervenir en la naturaleza siempre que esté orientado por la medida del cuidado, pues «cultivar» expresa el cuidado esencial y «guardar» es sinónimo de garantizar la sostenibilidad.Pero hay que preguntar: ¿Quién garantiza la sostenibilidad? Se han señalado muchas fuentes inspiradoras, generalmente indicadas como únicas: la naturaleza o la razón universal o la sabiduría de los pueblos o las religiones y la revelación contenida en la Biblia judeocristiana, o en el Corán o en las Upanishads o en el Tao, y otras.Hoy estamos cada vez más convencidos de que nada puede ser reducido a una única causa (monocausalidad) o a un único factor, pues nada es lineal y simple. Todo es complejo y está entretejido de inter-retro-relaciones de redes de inclusiones. Por eso necesitamos articular todas esas instancias y algunas otras. Juntas, deben ayudarnos a encontrar una justa medida adecuada, pues todas aportan alguna luz y comunican alguna verdad. Sabiduría es asumir estas verdades que potencian el equilibrio y permiten que la vida viva y evitan conflictos innecesarios.La pregunta para nosotros hoy es: ¿Cuál es la justa medida de intervención en la naturaleza que por un lado preserve el capital natural, y por el otro nos comporte beneficios? Por no haber encontrado todavía la formula, estamos patinando en la crisis.
Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor.