Menos ladrillos, más cerebros: así sintetizaba hace pocas semanas el Secretario General de la OCDE el mayor desafío de la economía española, traduciendo el concepto de “economía sostenible” a una expresión perfectamente entendible. Y es que, en efecto, una economía más sostenible significa, en primer lugar, mayores dosis de inteligencia, de conocimiento aplicado a generar bienestar de forma duradera. En España hay que superar el espejismo colectivo de la creación “fácil” y rápida de riqueza, favorecido por las extraordinarias facilidades del crédito, barato y a muy largo plazo. Las consecuencias están a la vista: sobreendeudamiento de familias y de empresas -en una proporción, en términos de PIB, muy superior a la de los países de nuestro entorno- consumo excesivo e irresponsable y... la “burbuja inmobiliaria”, que tras crear tanto empleo y elevadísimos beneficios -sobre todo para algunos- ha reventado, arrastrando efectos gravísimos desde todos los puntos de vista. Efectos incluso...