miércoles, 24 de marzo de 2010

LA CIVILIZACIÓN EMPÁTICA, por Jeremy Rifkin



Necesitamos una conciencia planetaria para resucitar la economía y revitalizar la biosfera. ¿Imposible? No, en absoluto. La ciencia demuestra que el ser humano progresa reduciendo su egoísmo y ampliando su empatía

Dos espectaculares colapsos, separados por sólo 18 meses, han marcado el fin de la era contemporánea. En julio de 2008, el precio del petróleo en los mercados mundiales alcanzó la cifra récord de 147 dólares por barril, la inflación se disparó, y con ella todos los precios, desde los alimentos a la gasolina, y el motor de la economía mundial se atascó. Lo que precipitó la crisis fue la creciente demanda de combustibles fósiles de China, India y otras economías emergentes. La capacidad de compra se desplomó y la economía mundial se derrumbó. Ese fue el terremoto que hizo trizas esa época industrial. El colapso de los mercados financieros dos meses después no fue más que una réplica.

En diciembre de 2009, mandatarios de 192 países se reunieron en Copenhague para abordar el problema que supone la factura de entropía acumulada de una revolución industrial basada en los combustibles fósiles: el gasto en CO2 que está recalentando y desequilibrando el planeta hasta llevarlo a un catastrófico cambio climático. Después de años de preparación, las negociaciones fracasaron y los líderes del mundo fueron incapaces de un acuerdo.

La crisis radica en la concepción de la naturaleza humana que rige el comportamiento de los líderes mundiales y cuyos presupuestos surgieron hace más de 200 años, durante la Ilustración, en los albores de la economía de mercado y de la era del nacionalismo. A los pensadores ilustrados -John Locke, Adam Smith, Condorcet, etcétera- les ofendía la concepción cristiano-medieval del mundo que, viendo en el hombre a un ser indigno y depravado, aspiraba a la salvación ultraterrena a través de la gracia de Dios. Preferían sumarse a la idea de que la esencia humana es racional, distante, autónoma, ambiciosa y utilitarista, propugnando que la salvación individual está aquí en la Tierra, en un ilimitado progreso material.

La concepción ilustrada de la naturaleza humana se reflejó en el recién acuñado Estado-nación, cuyo objetivo era proteger la propiedad privada, estimular el mercado y servir de intermediario a los intereses de la ciudadanía en el ámbito internacional. Se consideraba que los Estados-nación eran agentes autónomos envueltos en una incesante batalla con otras naciones por la obtención de ganancias materiales.

Si la naturaleza humana es como indicaban los filósofos ilustrados, probablemente estemos condenados. Imposible concebir cómo podríamos crear una economía mundial sostenible y devolverle la salud a la biosfera si todos nosotros, en nuestra esencia biológica, somos agentes autónomos, egoístas y materialistas.

Sin embargo, los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro y el desarrollo infantil nos obligan a repensar esos arraigados dogmas. Los biólogos y los neurocientíficos cognitivos están descubriendo neuronas espejo, llamadas de la empatía, que permiten a los seres humanos sentir y experimentar situaciones ajenas como si fueran propias. Parece que somos los animales más sociales y que buscamos interactuar íntima y amigablemente con nuestros congéneres.

Por su parte, los científicos sociales están comenzando a reexaminar la historia con una lente empática, descubriendo así corrientes históricas ocultas que sugieren que la evolución humana no sólo se calibra en función del control de la naturaleza, sino del incremento y la ampliación de la empatía hacia seres muy diversos y en ámbitos temporales y espaciales cada vez mayores. Las pruebas científicas de que somos una especie básicamente empática tienen consecuencias sociales profundas y de gran alcance, y podrían determinar nuestra suerte como especie.

Para resucitar la economía mundial y revitalizar la biosfera, lo que ahora necesitamos es, nada más y nada menos, que dar, en menos de una generación, el salto hacia una conciencia empática mundial. La cuestión es la siguiente: ¿cuál es el mecanismo que permite la maduración de la sensibilidad empática y la expansión histórica de esa conciencia?

Los momentos cruciales que dan un vuelco a la conciencia humana tienen lugar cuando nuevos sistemas energéticos se conjugan con revoluciones en las comunicaciones, creando nuevas eras económicas. Los nuevos medios de comunicación se tornan mecanismos que rigen y controlan la estructuración, organización y gestión de las civilizaciones más complejas que los nuevos sistemas energéticos posibilitan. La primera revolución industrial del siglo XIX, gestionada gracias a la comunicación impresa, dio paso a la conciencia ideológica. La comunicación electrónica se convirtió en el mecanismo rector y de control de la segunda revolución industrial del siglo XX, que marcó el inicio de la conciencia psicológica.

Las revoluciones en las comunicaciones, al hacerse más complejas, van poniendo en contacto a cada vez más gente dentro de redes sociales más amplias y variadas. La comunicación oral tiene un limitado alcance temporal y espacial, mientras que las comunicaciones manuscrita, impresa y electrónica amplían el margen y la profundidad de las interacciones sociales.

Al desarrollar el sistema nervioso central de cada individuo y del conjunto de la sociedad, las revoluciones en las comunicaciones no dejan de proporcionar escenarios cada vez más incluyentes para la maduración de la empatía y la expansión de la conciencia. Durante la primera revolución industrial, caracterizada por la imprenta y la conciencia ideológica, la sensibilidad empática se extendió hasta alcanzar las fronteras nacionales, de manera que los estadounidenses se identificaban con los estadounidenses, los españoles con los españoles, los japoneses con los japoneses, etcétera. Durante la segunda revolución industrial, caracterizada por las comunicaciones electrónicas y la conciencia psicológica, los individuos empezaron a identificarse con otros de ideas afines.

Hoy en día nos encontramos en la cima de otra convergencia histórica, en una tercera revolución industrial de la energía y la comunicación, que podría extender la sensibilidad empática a la propia biosfera y a toda la vida terrena. La repartida revolución de Internet se está conjugando con la diseminación de las energías renovables, haciendo posible una economía sostenible que se gestiona localmente con vínculos en todo el mundo. Durante el siglo XXI, cientos de millones de personas transformarán sus edificios en centrales productoras de energía que producirán in situ fuentes renovables, almacenándolas en forma de hidrógeno y electricidad compartida, e intercambiándolas a través de retículas locales, regionales, nacionales y continentales de funcionamiento similar al de Internet. En el ámbito energético, al igual que en el de la información, la difusión de fuentes de código abierto dará lugar a espacios de colaboración energética, no diferentes a los de índole social que en la actualidad existen en Internet.

Si conseguimos aprovechar nuestra sensibilidad empática para instaurar una nueva ética mundial habremos superado los distantes, egoístas y utilitaristas presupuestos filosóficos que acompañaban a los mercados nacionales y el orden político de los Estados-nación, situándonos en una nueva era de conciencia biosférica. Así, dejaremos el antiguo mundo de la geopolítica para entrar en la nueva era de la política de la biosfera. Esta nueva perspectiva va más allá de la tradicional divisoria entre conservadores y progresistas que caracteriza la geopolítica actual de la economía de mercado y el Estado-nación. La nueva divisoria es generacional y enfrenta el jerárquico modelo de organización familiar, educativa, comercial y política con otro más cooperativo y cosmopolita que, en su funcionamiento y sus espacios sociales, favorece los ámbitos comunes del código abierto. Para la generación de Internet, la calidad de vida se torna tan importante como la oportunidad individual.

Está surgiendo la civilización empática. Las generaciones más jóvenes están llevando su capacidad de empatía más allá de los credos religiosos y la identificación nacional, incorporando así a toda la humanidad y al ingente proyecto vital que envuelve la Tierra. Pero nuestra prisa por alcanzar la conectividad universal empática tropieza con un gigante entrópico en constante aceleración: el cambio climático. ¿Podremos alcanzar la conciencia biosférica y la empatía mundial a tiempo de evitar el derrumbe planetario?

Jeremy Rifkin, economista y escritor, es asesor de la UE y de diversos presidentes -incluido el español- en cambio climático, seguridad energética y desarrollo sostenible. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

Fuente: Artículo publicado en El País
Más información de Jeremy Rifkin en Wikipedia

Enlace a Ediciones Paidós, ficha del libro La Civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo de crisis, de Jeremy Rifkin

martes, 16 de marzo de 2010

EL LENGUAJE DE LA DERECHA

Artículo mío publicado en el periódico PÚBLICO el 15 de marzo de 2010


Hace un par de años, un libro pasó con éxito por las manos de muchos políticos socialdemócratas en España. Se trata de No pienses en un elefante, de George Lakoff, que explica cómo la derecha estadounidense, ahora denominada neocon, usó el lenguaje político y la comunicación como una gran herramienta para hacer llegar sus propuestas a la ciudadanía. La derecha estadounidense intentaba hacer llegar sus recetas sin provocar rechazo y con su estrategia logró poner a los progresistas a la defensiva. Lakoff hablaba del uso de lo que denominó “marcos” como estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo. El mejor y más usado como ejemplo es el que utilizó George Bush para hablar de su modelo de bajada de impuestos, y la consiguiente reducción de los servicios públicos soportados por estos, para dar paso a una mayor entrada de negocio privado en los servicios públicos básicos. Se le denominó “alivio fiscal” , que suena mejor. Quien te alivia es un héroe y quien trate de evitarlo, un villano.
Si hoy hiciésemos un análisis del lenguaje de la derecha española, nos llevaríamos varias sorpresas. Lo normal en los partidos conservadores occidentales es dulcificar su lenguaje para alcanzar el poder y mostrar dureza (firmeza, afirman ellos) una vez en el Gobierno. En España, esto es al revés. Durante el último Gobierno del PP se siguió hablando del centro reformista (¡qué habrá sido de él!) y del viaje al centro (ya dijo Alfonso Guerra: “De dónde vendrán que aún no han llegado”…, y lo peor, siguen sin llegar). Fue perder el poder, y el adalid del catalán en la intimidad y gran lector de Azaña pasó a revelar su lado más duro, más irritante, más irrespetuoso de toda la derecha conocida para terminar saludando con el dedo al tendido.
Pudimos ver ese gesto de José María Aznar (18-2-2010) ante una situación que, cuando se monta a otros gobernantes –Zapatero, González, Ibarretxe…–, los medios conservadores denominan libertad de expresión, pero cuando le ocurre a sus líderes pasa a ser poco menos que un acto de exaltación del terrorismo. En realidad, se trató de una falta de respeto de algunos jóvenes y un gesto de pésima educación y chulería impropio de un ex presidente del Gobierno. Al mismo tiempo que este gran estadista nos mostraba dónde tenía el centro, nos encontramos con otros personajes de la derecha española que nos ilustran sobre su lenguaje característico.
Recordemos el famoso “hijoputa” de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre (29-1-2010). Todos pensamos que aludía a su eterno enemigo, el alcalde Alberto Ruiz- Gallardón. Sólo ella y sus palmeros repitieron que su procacidad estaba dirigida a otro miembro de su partido y, finalmente, en una entrevista televisiva, se descuelga que ni siquiera se dirigió a alguien del PP, a pesar de haber enviado una carta de disculpas a su… ¿compañero?
Siguiendo el ejemplo de Aguirre tenemos al imaginativo vicealcalde de Torrejón de Ardoz que llama “hijo de puta” al portavoz local de IU (1 de febrero). Les acompaña el vicepresidente de la Generalitat valenciana, Juan Cotino, que en una sesión parlamentaria afirmó lo siguiente a una diputada de la oposición: “Si fuera su padre, sentiría vergüenza de tener una hija como usted, pero como posiblemente no le conoce…” (24-2-2010). Sigue el excelso poeta José Luis Baltar, dirigiéndose de esta guisa a un adversario del partido socialista gallego: “Maricón, sinvergüenza y miserable” (27-2-2009). Y en la versión más macarra (hay que llegar a todos los públicos) tenemos al ultraderechistaJohn Cobra con sus cinco minutos de gloria en televisión: “Me vais a comer la …”.
Si estas expresiones fuesen un caso aislado, sería, sin lugar a dudas, una casualidad; de ser dos, una coincidencia; tres o más, son ya otra cosa. Responden a un modelo. Frente a la utilización de argumentos e ideas, mejor son los gestos populistas; siempre te dirán algunos de los tuyos: “¡Así se hace!”, “¡Con dos…!”, “¡Olé, Esperanza con el capote!”. ¿Para qué hablar de medidas contra el desempleo en la Comunidad de Madrid? ¿Mejoras en la sanidad madrileña o educación? No, un capote, una foto en la prensa amiga y todo arreglado. Triunfó el marketing de trazo grueso frente a los argumentos y las ideas. Porque, ¿recuerda últimamente alguna reflexión de contenido de Aguirre? Y sin embargo, seguro recordará algún gesto, anécdota o chascarrillo de “la lideresa”.
No nos engañemos, no estamos ante anécdotas, sino ante un modelo, tan serio como cualquier otro, que busca llevar mensajes cortos, de taberna, sin trasfondo alguno, al mayor número de personas. La estrategia es sencilla: unos, más finos, marcan las líneas de actuación contra Zapatero, contra Garzón, en fin, contra cualquiera que no les aplauda o que consideren perjudicial para sus intereses. Otros empiezan a apuntar en los medios afines (que son la mayoría) y, finalmente, un “espontáneo” remata con gracia.
En Europa coexisten dos modelos de partidos conservadores: el de la canciller alemana, Angela Merkel, y el que representa, nunca mejor dicho, el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Ambos forman parte del Partido Popular Europeo. El segundo, gracias a las gestiones de Aznar y su yerno. Haga usted, amigo lector, un ejercicio: ¿a qué modelo de partido conservador se asemeja más el PP español? ¿Al de Merkel o al de Berlusconi? Sencillo, ¿verdad?
Animo a Lakoff a sacar un nuevo libro, esta vez sobre el lenguaje que utiliza la derecha española. Le aconsejo, modestamente, reflexionar sobre su teoría de “los marcos”, para desarrollar, en este caso particular, la teoría de “las alcantarillas”. La ilustración del libro sería un político de la derecha española con un “argumento” en la mano.








Miguel Aguado Arnáez es secretario de Medio Ambiente del PSM-PSOE

Ilustración de Patrick Thomas


Enlace al artículo: aquí

viernes, 12 de marzo de 2010

LA EUROPA QUE NOS TRAJO LA CRÍSIS por Miguel Ángel Ortega




No dejan de aparecer en la prensa artículos que indagan en las causas de la crisis y en la amenaza que ésta puede suponer para la estabilidad del Euro. En particular,  Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España son puestos en cuestión y calificados despectivamente como PIIGS, es decir, cerdos en inglés. Y es cierto que, al menos en España, no hemos sabido apreciar las servidumbres que imponía la pertenencia a la moneda única. El Euro es una pieza muy importante de un modelo económico que tomó definitivamente impulso con el Tratado de Maastrich. Hablamos de modelo español, pero lo sucedido en España y en otros países, incluyendo Estados Unidos, es la consecuencia de una forma de entender la economía, la sociedad y nuestra vida misma, es decir, de unos valores, que pocos cuestionaron y, aún hoy, pocos cuestionan en profundidad. Desde mi punto de vista, este hecho es, además, una de las razones de la crisis de identidad de la izquierda. Quiero centrarme en la economía, mencionando algunas decisiones de enorme calado que han contribuido a generar la situación actual. Conocer estos hitos debería de formar parte de la cultura general, especialmente si queremos que algún día exista alguna alternativa a esta estructura socioeconómica de la que parece que no hay salida.
La ideología que definió Maastrich es la misma que viene trazando la arquitectura económica mundial desde hace décadas, abriendo paso a este modelo de globalización. Algunas de las políticas que logró generalizar fueron:
- La privatización de empresas y servicios públicos con la excusa de reducir el déficit público, y la reducción de la política industrial a su mínima expresión (“la mejor política industrial es la que no existe”, llegó a afirmar un ministro de industria español).

- La defensa a ultranza de la libertad de movimientos de capital y, con ella, la renuncia a la capacidad de gravar con mayores impuestos a las grandes fortunas y empresas dado que, de hacerlo, se irían a otros países con gravámenes inferiores (en España, caso SICAV).

- En la Eurozona, la existencia de una política monetaria única.

- El libre comercio a escala planetaria y, por ende, la competencia feroz entre ciudadanos de países con diferente grado de protección social y ambiental, cuyo corolario es la moderación salarial y del gasto público “no productivo”.

- La desregulación financiera
Ya antes del estallido de las burbujas financiera e inmobiliaria, las consecuencias de estas medidas se notaban en hechos como el aumento de las diferencias entre el 20 por ciento de la población más rico y el 20 por ciento más pobre en diecisiete de veinte países desarrollados analizados por la OCDE, o en la disminución generalizada de la participación de los salarios en la renta nacional.
En este contexto, creo que merece la pena resaltar algunas particularidades españolas. Por ejemplo, en el reparto del gasto público, el Estado (incluyendo CC.AA. y ayuntamientos como el de Madrid) primó la gran obra pública, hasta llegar a los niveles actuales que sitúan a España entre los países más dotados del mundo en autopistas y trenes de alta velocidad, a pesar de su enorme coste económico y medioambiental. Puesto que esta obra solo pueden acometerla grandes empresas, las únicas que pueden acceder a la gran financiación de la banca, este modelo trae consigo la creación de un entramado económico financiero protagonizado por banca y construcción, al que se incorporan también el sector energético y las telecomunicaciones. Este entramado es capaz de competir a escala mundial, pero a costa de favorecer la concentración de riqueza y poder en muy pocas manos.
De enorme trascendencia es el hecho de haber abandonado a su suerte a toda una generación que se ha hipotecado de por vida para acceder a una vivienda en propiedad, lo cual tiene mucho que ver con la ausencia de una potente intervención pública en este mercado. Estos españoles serán más pobres que sus padres y, sus hijos, más pobres que los de quienes pudieron comprar antes de la escalada de precios. Los beneficiarios: el sector financiero y el inmobiliario.
En España, entre 1995 y 2006 el PIB creció un 120 por ciento en términos corrientes, pero los salarios lo hicieron en un 17,4 por ciento, lo que significa que en términos reales han bajado. Luego es evidente que los trabajadores no han sido beneficiarios del supuesto periodo de bonanza. Por otra parte, el mercado laboral es dual no solo en lo que a la estabilidad en el empleo se refiere, sino también en los salarios: en el periodo citado la brecha entre lo que cobran los ejecutivos y lo que recibe el asalariado medio aumentó un 45 por ciento, y la mitad de los trabajadores se hizo mileurista.
Pese a lo anterior, es de justicia reconocer, entre otros logros, los avances sociales y el impulso a la I+D+i promovidos por los dos últimos gobiernos del PSOE. Ahora bien, se trata de iniciativas insuficientes para transformar la estructura socioeconómica y generar un Estado y una sociedad civil capaces de lograr un desarrollo socialmente justo y respetuoso con el medio ambiente. En mi opinión, cuando llegó la crisis España era una sociedad más rica, pero más desigual, y el Estado era un aparato débil. El Gobierno no decide la política monetaria. Solo dispone de la fiscal, y su autoridad está limitada de facto por las CCAA y los ayuntamientos. Debido a las privatizaciones, el Estado no tiene capacidad productiva. No dispone de una red de banca pública para hacer circular los recursos instrumentalizados a través del ICO y para generar dinero bancario. No tiene un sistema público de ayudas a los emprendedores y de cualificación profesional suficientemente potente en lo cuantitativo y en lo cualitativo. La cultura emprendedora, la cultura industrial e innovadora de los españoles, es escasa, y los recursos económicos no llegan adecuadamente a los emprendedores. Nuestra economía está descompensada: no es una economía en red, compuesta por muchos núcleos entrelazados generadores de alto valor añadido, sino una economía dependiente del sector de la construcción y de grandes núcleos de poder económico y financiero.
Tras la virulenta aparición de la crisis hubo una primera etapa en la que hasta algunos mandatarios occidentales hablaban de la necesidad de acometer profundas reformas. Pero parece que esa fase pasó y, ahora, la mayoría de las opiniones vertidas en los medios ponen el acento en descubrir en qué han fallado los alumnos menos aventajados (los PIIGS) a la hora de gestionar el modelo acordado, así como en las estrategias de salida de la crisis sin realizar cambios de fondo. Parece que ya ha pasado de moda cuestionar el modelo en sí, el modelo europeo y mundial, el que es insostenible medioambientalmente y mantiene a miles de millones de seres humanos en la pobreza. Ése es el modelo del que hay que discutir, y no solo del de los PIIGS, que no es tal, ya que en realidad únicamente representa el descarrilamiento de los valores a los que aludía al principio del artículo. Se olvidan del análisis estructural de la economía y de sus consecuencias en términos de distribución de renta y de poder. ¿Nadie se va a plantear en serio estos asuntos? Una vez más, y por paradójico que resulte que esta pregunta la haga quien suscribe: ¿dónde está la izquierda?

Miguel Ángel Ortega Guerrero
Economista y concejal del PSOE en Tres Cantos (Madrid)

lunes, 1 de marzo de 2010

¿A QUIEN LE FALTA CREDIBILIDAD? por Vicenç Navarro


Es interesante observar la avalancha ideológica liberal, tanto dentro como fuera de España, que está exigiendo al gobierno socialista español que tome una serie de medidas de austeridad social (que incluyen desde el retraso obligatorio de la edad de jubilación, a la reducción del gasto público social) a fin de recuperar su credibilidad frente a los mercados financieros internacionales. Credibilidad es un término en boga entre los liberales. Y un indicador de credibilidad –según ellos- es tomar medidas que predominantemente afectan a las clases populares (ver mi artículo “Los errores de las políticas liberales” Público. 25.02.10).

Un análisis riguroso de la evidencia científica existente muestra que los que en realidad carecen de credibilidad son los propios liberales, cuyas políticas han sido responsables de la mayor crisis que el mundo ha experimentado desde la Gran Depresión. Tanto la crisis financiera como la crisis económica son consecuencia de las políticas liberales que se han implementado en la mayoría de países de la OCDE. Remito al lector a la extensa evidencia científica publicada que aporta los datos que muestran la responsabilidad que tales políticas han tenido sobre las crisis financiera y económica. Hoy existe una amplia percepción entre estudiosos de las causas de la Gran Recesión de que el neoliberalismo, con la consecuente desregulación de la banca, la enorme polarización de las rentas (con el déficit de demanda que ello conlleva), la austeridad de gasto público, las políticas fiscales regresivas, y muchas otras políticas, han sido responsables del enorme problema financiero y económico que vive el mundo. La evidencia de ello es fuerte y robusta. Sólo algunas voces, pocas pero muy visibles (debido a las cajas de resonancia que les proveen los medios de persuasión, la mayoría de orientación liberal) continuaran repitiendo el mismo dogma liberal.

Supongan ustedes que hubiera una revista médica que durante muchos años hubiera recomendado y promovido unos tratamientos médicos que, más tarde, se hubiera visto que habían matado a millones de personas en el mundo. Y supongan que la revista no hubiera hecho ninguna autocrítica alentando a los lectores a que dejasen de seguir tales tratamientos médicos. Si ello ocurriera, la revista médica perdería todo el respeto y prestigio. Pues bien, sustituyan revista médica por revista económica, y den nombres concretos, como el Financial Times y el The Economist, entre muchos otros. Lo que han promovido tales rotativos en sus editoriales ha causado millones de damnificados en el mundo. Y en cambio, inexplicablemente, continúan siendo citados como voces de autoridad por diarios y opinadores liberales del país. ¿A quién le falta credibilidad? Lo mismo en cuanto a economistas que gozan de gran visibilidad mediática y que continúan exponiendo sus recetas liberales. Repito, ¿a quién le falta credibilidad?



Los estudios sobre las pensiones de la Banca



Y, en esta línea de instituciones y voces que tienen un gran déficit de credibilidad, están los bancos y las cajas, que durante años han mostrado su escasísima credibilidad en sus proyecciones catastrofistas de las pensiones. El diario Público publicó un excelente artículo detallando y documentando cómo los estudios hechos por La Caixa, por el BBVA y por la patronal, prediciendo el colapso de las pensiones, se habían equivocado, informe tras informe en sus predicciones (22.02.10). Otros estudios han documentado la falta de credibilidad de tales tesis catastróficas. Ver por ejemplo el libro “¿Están en peligro las pensiones públicas? Las preguntas que todos nos hacemos, las respuestas que siempre nos ocultan” de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón (publicado por Attac) y del cual extraigo la siguiente cita: “…Así, Herce (Herce, José A. “Declaraciones en la comparecencia en la Comisión no permanente de seguimiento y evaluación de los acuerdos del Pacto de Toledo del Congreso de los Diputados el 9 de junio de 2009”. Diario de Sesiones, nº 305, p. 16. 2009.) aseguraba en junio de 2009 que el sistema público de pensiones español entraría en déficit en torno al año 2020, una predicción ampliamente difundida por los medios y que lógicamente conllevaba la natural preocupación a los ciudadanos. Pero este mismo autor había pronosticado en un trabajo publicado en 1995 que la Seguridad Social tendría un déficit del 0,62% del PIB en 2000 y del 0,77% en 2005; en otro trabajo de 1996 que el déficit sería del 1,37% del PIB en 2000 y del 1,80% en 2005; en otro estudio con J. Alonso que sería del 0,96% del PIB en 2000 y del 1,17% en 2005 y en su último estudio de 2000 que sería del 0,16% del PIB en 2000 y del 0,03% en 2005 (Herce, José A. et alia. 1996. El futuro de las pensiones en España: Hacia un sistema mixto. Servicio de Estudios de La Caixa. Barcelona. 1996). Sin embargo, lo cierto fue que que al finalizar el año 2000 la Seguridad Social no registró déficit como todos estos autores habían pronosticado, sino un superávit del 0,4%, y del 1,1% en 2005. También erraron otros defensores de las tesis liberales como Piñera y Weinstein (1996) que habían pronosticado un déficit del 0,42% del PIB para 2000 y del 0,75% para 2005, Barea y otros investigadores que afirmaron que sería del 1,61% del PIB en 2000 e incluso el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (1995) que estimó un déficit del 0,10% del PIB en 2000 y del 0,40% para 2005 (Ver Herce, José A. y Alonso, Javier. “La reforma de las pensiones ante la revisión del Pacto de Toledo”. La Caixa. Barcelona 2000.)…”. Estos y muchos otros ejemplos muestran la elasticidad en el significado de credibilidad. El pensamiento liberal, responsable del enorme daño causado a grandes sectores de la población, debiera dejar de acusar a otros de carecer de credibilidad, pues de ella carecen en sus propuestas.



Vicenç Navarro es Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University