sábado, 28 de febrero de 2015

LA MAGIA Y LA DANZA DE PINA BAUSCH


“No me interesa cómo se mueve el ser humano, sino aquello que lo conmueve”
Esta frase resume muy bien la concepción que Pina Bausch tenía sobre el baile como expresión del alma. Siempre pegada a un cigarrillo, Pina reinventó el mundo de la danza moderna borrando los límites entre esta disciplina y el teatro. Quería que sus coreografías fueran obras de arte, expresiones estéticas del alma, de emociones reales, y para ello usó recursos dramáticos como diálogos o decorados en los que incluía tierra, agua y rocas. En la película Hable con ellaAlmodóvar utilizó la grabación de una de sus coreografías más famosas, Café Muller, la única de sus creaciones en la que ella participó como bailarina.
Pero fue Wim Wenders quien exprimió cinematográficamente todo el jugo a la bailarina alemana (con gafas de 3D incluidas) en la película ‘Pina’. Es un originalísimo catálogo-homenaje que ejecuta las coreografías más importantes de la artista en espacios inéditos como el tren colgante de Wuppertal, minas a cielo abierto o casas de cristal. El tema principal de la película Lilies in the Valley, de Jun Miyake, tiene el contagioso ritmo de un tren de vapor in crescendo¿Es danza? ¿Es teatro? ¿O es simplemente la vida?

miércoles, 25 de febrero de 2015

Shadow theater "Fireflies" - Save the Earth!


No te pierdas esta obra de arte de Shadow theater "Fireflies" nos cuenta pequeñas grandes historias que nos preocupan y que cada vez son más importantes.
Bonito de verdad.

lunes, 23 de febrero de 2015

Oliver Sacks: de mi pro­pia vi­da



Emotiva y muy ejemplar carta de expedida de Oliver Sacks.


Publicado en el país: De mi pro­pia vi­da


En el tiempo que me queda, tendré que arreglar mis cuentas con el mundo

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino una rápida disolución”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.


Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia, sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.


Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura. 


Oliver Sacks, catedrático de Neurología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, es autor de numerosos libros, entre ellos Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. 

© Oliver Sacks, 2015. Este artículo se publicó originalmente en The New York Times. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.


El periodista Carlos Alberto Montaner (en su blog EL BLOG DE MONTANERpublicó sobre esta emotiva carta, la vida y la visión de la muerte de Oliver Sacks  lo siguiente:

Oliver Sacks publicó un artículo extraordinario en The New York Times sobre su muerte próxima. Tiene cáncer en el hígado, irreversible e imparable, como consecuencia de un melanoma en un ojo que hizo metástasis. Tiene 81 años y goza de una personalidad mucho más grata que su menguada salud.
Lo sorprendente del artículo es el tono sereno con que el autor reflexiona sobre su inminente desaparición. La muerte es un tema de mal gusto en Estados Unidos. La palabra cáncer suele ser sustituida por el absurdo circunloquio “una larga y penosa enfermedad”. La gente “pasa a otra vida”, se “va”. Vale la pena leer el clásico de Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, para entender cómo un hecho tan absolutamente natural como morirse, esa “costumbre que suele tener la gente” –dice la milonga argentina–, se ha convertido en un tema tabú.
Sacks es un médico neurólogo, nacido en Inglaterra, profesor de su especialidad en la Universidad de Nueva York. Hace tres décadas publicó un libro que de inmediato se transformó en un best sellerEl hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En un lenguaje sencillo, propio de los sabios, contó 20 historias de personas que padecían otros tantos problemas neurológicos en el que abundaban las alucinaciones visuales y auditivas.
Quienes disfrutan de las célebres conferencias TED pueden verlo y escucharlo. Por él descubrí que muchas personas normales tienen (“padecen” no es el verbo adecuado) alucinaciones que se diferencian de las que sufren los dementes. Las alucinaciones benignas son silentes y la persona no se siente amenazada. Las malignas, que afectan, por ejemplo, a los esquizofrénicos, son terribles porque las visiones y las voces interpelan agresivamente a quienes las experimentan.
Al final de la charla, el propio Sacks reveló que su cerebro, de vez en cuando, fabrica autónomamente figuras geométricas que se instalan en su imaginación sin consecuencias posteriores. Parece que se deben a los problemas de la vista que lo aquejan. El melanoma lo privó de la visión de un ojo y ve con gran dificultad por el otro. Los ciegos o casi ciegos son quienes con mayor frecuencia perciben estas alucinaciones benignas elaboradas por el cerebro.
En todo caso, la existencia de este hombre ha sido extraordinaria, así que no me sorprende que se despida de ella de la misma manera. En lugar de llorar o rasgarse las vestiduras de dolor, hace un breve recuento de la dicha de haber vivido muchos años de apasionante creación, lucha y, a ratos, felicidad.
Inmediatamente, nos dice cómo va a emplear el tiempo que le queda y revela el cambio sustancial de sus prioridades. Lo que la víspera del fatal diagnóstico le parecía importante, súbitamente queda relegado a un segundo plano.
Creo que de las muchas lecciones que ha dado este excelente profesor, la mejor es esta última: enseñarnos a morir sin aspavientos, felices por haber sido criaturas inteligentes y sentientes (la palabra la acuñó el filósofo Xavier Zubiri) que hemos podido gozar de lo que ninguna otra especie ha percibido nunca: entre otras maravillas, la belleza, el humor, la ironía, el amor, el conocimiento del pasado o la anticipación del futuro.
Es muy curioso (y lamentable) que en Occidente interpretemos la muerte como una especie de desgracia o maldición evitable y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la inmensa suerte de pasar, pese a las escasas posibilidades que teníamos de nacer y convertirnos en seres humanos.
Nadie nos enseña nunca todo lo que es genuinamente importante: cómo vivir en pareja, cómo criar una familia, cómo cuidar y tratar a los hijos o a los ancianos de nuestro entorno, cómo ayudarlos a morir, cómo afrontar la soledad cuando esto sucede. Por último, cómo enfrentar las enfermedades y la muerte con naturalidad. Todo eso debemos descubrirlo por nuestra cuenta, a lo largo de la vida, cuando hubiera sido mucho más sencillo que nos lo enseñaran.
Como ha hecho Oliver Sacks, por ejemplo.

NUESTRO PAPEL EN LA TIERRA


lunes, 16 de febrero de 2015

BILL GATES: cómo cambiará el mundo para 2030.


Interesante entrevista a Bill Gates sobre como considera que cambiará el mundo para el año 2030. Evidentemente, hace especial enfasis en como la tecnología y el conocimiento puede mejorar las desigualdades y especialmente  la situación de las personas más desfavorecidas.

Creo que merece la pena escucharlo. 

(lamentablemente no encontré una versión traducida del inglés o subtitulada, pero creo que se entiende bastante bien).

martes, 10 de febrero de 2015

La economía de Interstellar


Imagen: Warner Bros. / Syncopy / Paramount Pictures / Legendary Pictures / Lynda Obst Productions.
Imagen: Warner Bros. / Syncopy / Paramount Pictures / Legendary Pictures / Lynda Obst Productions.
Fantástico artículo sobre economía, física cuántica y actualidad. Tiene todo lo que me gusta en divulgación: contenido, información, rigor, ironía, didáctica e interés. 

Supongo que estaréis al tanto de que no hace mucho salió una película, Interstellar, que permitió a los físicos y físicas de todo el mundo ponerse divinos y hablar de cosas tales como agujeros de gusano, agujeros negros, exoplanetas y dilataciones temporales, muchas dilataciones temporales.
Se ha discutido hasta la saciedad sobre el fundamento científico de la película, unas veces con más fortuna que otras, pero aquí lo importante es participar. Sin embargo, me parece imperdonable la falta de visión que hemos mostrado todos al no percatarnos de que la película nos plantea un problema jodido donde los haya. No, no tiene nada que ver con la plausibilidad de la existencia de agujeros de gusano en un universo de cinco dimensiones. Tampoco sobre lo increíble de seres posthumanos pentadimensionales que nos echan un cable para largarnos del planeta porque hemos sido capaces de acabar con las condiciones que nos permiten vivir en él. Ni tan siquiera que los cachondos nos elijan un sitio para vivir justo al lado de un puto agujero negro. Son pentadimensionales pero tienen poco ojo para elegir vivienda, con la de planetas que orbitan estrellas que hay en el universo. 
El verdadero problema, el problema de verdad, el problemón, es que una vez que hemos sido capaces de saltar de un sistema estelar a otro, de una galaxia a otra, tenemos que plantearnos la cuestión del mardito parné.
Cuando llegaron el economista ya estaba allí
No, no es un intento de hacer el cuento más corto y sórdido de la historia ni el de competir con el pobre dinosaurio. El caso es que aunque a día de hoy aún no sepamos si podremos dominar la tecnología para hacer viajes interestelares, los economistas ya se han puesto a estudiar cómo se tienen que adaptar cosas tales como el comercio, los impuestos, las acciones, seguros, políticas monetarias, etc., en esa situación. Por si acaso amigo, solo por si acaso.
Seguramente habrá leído o escuchado esa anécdota de un tal Faraday que estaba investigando sobre cosas electromagnéticas allá por el siglo XIX y el ministro de Hacienda de turno le preguntó para qué servía eso y nuestro protagonista le respondió: «Sir, no lo sé pero algún día podrá gravarlo con impuestos». Ahora la cosa ha cambiado, aún no sabemos si podremos viajar entre estrellas o galaxias pero sí sabemos cómo pagaremos impuestos en caso de que podamos hacer tales viajes. Para que luego digan que no somos previsores.
El problema al que se tienen que enfrentar los economistas y, sobre todo, los ministros de Economía y Hacienda es el de hacer los cálculos para poder cobrar impuestos en sus dominios aunque estos dominios impliquen más de un sistema estelar y esos sistemas estén alejados muchos años luz entre sí. El gran nudo gordiano que hay que cortar concierne a que el tiempo no es absoluto en el universo y pasa más o menos lento dependiendo del movimiento relativo entre observadores o de si estos observadores están sufriendo una gravedad mayor o menor. Esta tontería hace que definir precios, intereses o impuestos tenga que ser estudiado desde una perspectiva relativista, de relatividad especial o general, la relatividad de Einstein para entendernos.
Antes de entrar de lleno en el problema de la economía relativista quizás sea conveniente perder un poco el tiempo, por supuesto esto es relativo, en dar unas pinceladas sobre relatividad especial y general y sobre dilataciones y contracciones temporales.
En relatividad no todo es relativo
La relatividad dice muchas cosas pero de entre todas las cosas que dice no menciona ni una sola vez que todo sea relativo. Al contrario, lo que una buena teoría de la relatividad establece son los elementos que son invariantes, inamovibles, las vigas maestras de toda la construcción física. 
¿Qué se necesita para definir un principio de relatividad? Pues necesitamos dos ingredientes, a saber:
1. Necesitamos identificar los observadores que tienen que cumplir escrupulosamente con nuestros requerimientos (la teoría relativista en cuestión).
2. Necesitamos definir qué leyes de la física permanecerán inalteradas al cambiar entre uno u otro de entre los observadores elegidos en el punto anterior.
3. Necesitamos encontrar una cantidad absoluta, invariante, inalterable, inamovible, impertérrita, incólume, (creo que ya lo vais pillando), sobre la cual todo observador de los anteriores está de acuerdo.
Esto nos puede dar una pista para deducir que hay varios principios de relatividad o teorías relativistas. Y como muestra:
Relatividad de Galileo
Observadores – Observadores que se mueven en línea recta y a velocidad constante, la velocidad cero está permitida. A estos los llamamos observadores inerciales.
Leyes de la física invariantes – Las leyes de la mecánica (leyes de Newton) son las mismas para todo observador inercial. Si definimos una ley mecánica, por ejemplo F=ma, para un observador inercial y luego le pedimos a otro observador inercial que se mueve respecto al primero que defina dicha ley también nos dirá que es F=ma. Esa ley es invariante para todo observador inercial.
Cantidad absoluta – El tiempo transcurrido entre dos fenómenos cualesquiera. Sí, el tiempo para Galileo es absoluto, cualquier observador inercial dirá que ha pasado un tiempo T entre dos sucesos y cualquier otro estará de acuerdo con este tiempo T. 
Relatividad Especial de Einstein
Observadores – Los observadores inerciales igual que en el caso galileano.
Leyes de la física invariantes – Todas las leyes de la física, las de la mecánica, electromagnetismo, interacciones fuertes o débiles, las que sean. Cualquier observador inercial definirá las mismas leyes.
Cantidad absoluta – La velocidad de la luz en el vacío. Cualquier observador inercial, independientemente de su movimiento respecto a la fuente de emisión de la luz en el vacío, medirá la misma velocidad de la luz.
Aquí es donde empieza la diversión. Al contrario que en Galileo, para Einstein lo absoluto no es el tiempo transcurrido entre dos sucesos, lo absoluto es la velocidad de la luz en el vacío. Así pues, los tiempos y los espacios recorridos por algún sistema en un proceso físico serán percibidos como distintos por distintos observadores dependiendo de su velocidad relativa con dicho sistema. Así que, como veremos ahora en un momento, los tiempos y las distancias son relativas al observador y no absolutas.
Relatividad General de Einstein
Observadores – Cualquier observador independientemente de su trayectoria o estado de movimiento.
Leyes de la física invariantes – Todas las leyes de la física.
Cantidad Absoluta – Velocidad de la luz medida en cada punto del espacio-tiempo en el vacío. 
Aquí todo se descontrola, la relatividad general de Einstein es una teoría que nos dice que la gravedad no es más que el reflejo de la geometría cambiante del espacio-tiempo cuando interacciona con las densidades y flujos de energía de otros campos físicos como el electromagnético, el débil, etc. Llegamos a tal extremo que distinguir entre lo que es espacio y tiempo propiamente dicho no es que sea relativo al observador es que solo se puede hacer en casos muy determinados. En general, tal distinción no es posible hacerla en toda la extensión del espacio-tiempo. En puntos aislados y entornos pequeños de tales puntos siempre es posible distinguir entre espacio y tiempo pero tal distinción pierde sentido si intentamos extenderla a todo el espacio-tiempo.
Jugando con el tiempo
Vamos a dar dos pinceladas breves sobre la relatividad del tiempo según distintos observadores en distinto estado de movimiento o inmersos en regiones con distinta intensidad de la gravedad. Para ello vamos a hacer unos dibujitos. 
Imaginemos que nos consideramos los chismosos del espacio-tiempo y definimos un estado que consideraremos en reposo ya que, evidentemente, estamos en reposo respecto a nosotros mismos. Vamos a ver qué hacen otros observadores por ahí. 
Si ahora vemos que Alicia (A) está en reposo respecto a nosotros podremos dibujar su evolución en el espacio-tiempo como sigue:
r1
Alicia (A) lleva un reloj que entre los puntos a y b marca que ha pasado un tiempo TA. A está en reposo, por eso representamos su trayectoria en el espacio-tiempo por una línea vertical indicando que ocupa la misma posición para todo instante de tiempo. Este es uno de los diagramas espaciotemporales más simples posibles.
Consideremos que ahora tenemos además a Benito (B) que se mueve en línea recta y a velocidad constante alejándose de Alicia (A). El diagrama en esta ocasión sería:
r2
A está en reposo y B se mueve respecto a ella a velociad constante y en línea recta. Si en dos instantes de tiempo A envía dos señales de luz (indicadas por las líneas rojas) a B resulta que el tiempo entre una señal y otra para A es TA y para B es TB. Como se ve en el dibujo, dado que la luz siempre se mueve a la misma velocidad para todos los observadores, se cumple esta condición:
r3
Si, para A el tiempo en B pasa más despacio, dos señales que para ella han salido en un tiempo TA las ve que llegan en un tiempo mayor TB según el reloj de B. 
Esto es importante, el efecto es que desde A el tiempo en B pasa más despacio.
Pero claro, esto es relativo porque desde el punto de vista de B la cosa está en que A es la que se está alejando de él con velocidad constante y en línea recta. Es decir, para B la cosa es tal que así:
r4
Si ahora es B quien envía un par de señales luminosas a A verá como el tiempo en el que las recibe A es mayor que el tiempo en el que él las ha emitido. Ocurre que para B se cumple:
r5
Este es el verdadero significado de la relatividad. Para B es el reloj de A el que va más lento que el suyo.
¿Quién lleva razón? Los dos.
Siempre y cuando ninguno se de la vuelta y puedan comparar los relojes. En tal caso la simetría se rompería y uno de ellos efectivamente habría ido más lento que el otro. Esto es lo que se conoce como la paradoja de los gemelos. El folclore relativista sobre el tema versa tal que así:
Una pareja de gemelas es separada. Una de ellas se queda en la Tierra y la otra se mete en una nave espacial que tras un determinado tiempo da la vuelta y se dirige de nuevo al planeta. Al reencontrarse, las gemelas ven estupefactas como la que se ha quedado en la Tierra ha envejecido mucho más que su hermana astronauta.
Esto puede parecer un tanto sorprendente porque los efectos relativistas deberían de ser simétricos. Sin embargo, no hay ninguna paradoja, la razón de poder distinguir entre una gemela y otra es pura y simple geometría. Claro, geometría un tanto rara para nosotros que no tenemos experiencias relativistas, es geometría de Minkowski.
En nuestro mundo cartesiano todos estaremos de acuerdo en lo siguiente:
r6
La longitud de cualquier lado de un triángulo es, «evidentemente», menor que la suma de los otros dos lados.
Hay que tener cuidado con lo «evidente» porque en el espacio-tiempo relativista ocurre justo lo contrario:
r7
El tiempo medido entre dos sucesos, que las gemelas se separen y se reencuentren, siempre es mayor al medirlo desde un único sistema de referencia. En este caso una gemela se queda en el sistema A y mide los sucesos de separación y reencuentro desde dicho sistema. La otra gemela que se va y vuelve, en algún momento ha tenido que cambiar de sistema de referencia, así que mide el tiempo de separación y reencuentro desde dos sistemas de referencia. La relatividad nos dice que el tiempo será más largo para el observador que mide el tiempo transcurrido entre los dos sucesos desde un único sistema de referencia.
Esto es una de las maravillas de la relatividad, maravilla que comprobamos a diario en los GPS por ejemplo.
Hasta aquí solo hemos hablado de observadores en movimiento, pero qué pasa cuando hay gravedad de por medio. Pues lo que nos dice la teoría, refrendada por el experimento, es que cuanto mayor sea el campo gravitatorio en una zona más lento irá el tiempo en dicha zona.
r8
El lío con la economía interestelar
Supongamos que por arte de birlibirloque, —entendedme, me moría de ganas de escribir esta palabra en Jot Down—, conseguimos movernos con relativa facilidad por el universo. Qué sé yo, hemos dominado la energía oscura y construimos burbujas WARP, construimos agujeros de gusano que se mantienen estables y abiertos, lo que se nos ocurra. Pues entonces querremos tener, allende las galaxias, nuestras cositas imprescindibles; nuestras bebidas energéticas, nuestras gafitas de pasta, nuestras camisas de cuadros o nuestras cintitas de Camela para cuando vayamos a dar un paseo intergaláctico y dominguero. Y entonces empezará el pifostio padre.
¿Cómo pagaremos los productos? ¿A qué valor? ¿Cómo se calculan los intereses? ¿Cómo aseguraremos transacciones y compras?
Pensemos por un instante en la situación de que uno de nosotros compra desde la Tierra un producto en un planeta, Wecan, que está a cien años luz. Supongamos que por los avances tecnológicos solo necesitamos diez años para ir de la Tierra a Wecan. Aun así cualquier transacción es difícil por las siguientes razones:
1. Si vamos desde la Tierra a Wecan empleando velocidades cercanas a la de la luz o metiéndonos por agujeros de gusano, etc., sufriremos dilataciones temporales. Para nosotros pasará mucho menos tiempo que para el comerciante de Wecan. 
2. Seguramente en Wecan con los años se genere inflación y los precios aumenten, esperemos que de forma acorde al aumento del poder adquisitivo de los wecanianos. Pero para nosotros ha pasado menos tiempo que para el señor de Wecan. ¿Quién fija el precio?
3. Hay una solución, fijar un precio de salida en el tiempo del que va a vender y meterle un interés que asegure que el vendedor no pierde dinero al hacer esta transacción. Dicho interés tendrá en cuenta la dilatación temporal del comprador en tránsito desde su planeta de origen hasta el de llegada. Los intereses los tienen que acordar entre los dos involucrados.
4. Pero es que si además el universo se está expandiendo aceleradamente, como es el caso, las distancias entre galaxias aumentan cada vez más y tanto más cuanto más alejadas estén inicialmente el par de galaxias en cuestión. En fin, que hacer un viaje intergaláctico desde una galaxia a otra en este contexto puede ser tan desastroso como que al llegar ya no esté ni una galaxia ni haya galaxia a la que volver. Así que el comercio entre galaxias muy alejadas sería poco recomendable. 
¿De qué va todo esto, amigo?
Parece una chorrada. Lo es. Lo es y no lo es. Aunque parezca mentira ya en 1978 se empezó a pensar sobre el comercio interestelar. De hecho, apareció un artículo sobre el tema que se publicó en 2010, pero escrito en el maravilloso año 1978, por un tal Paul Krugman, premio nobel de Economía entre otras cosas. Podemos decir que Krugman escribió este artículo en broma en respuesta a los artículos que existían sobre el comercio interplanetario y porque estaba hasta los cojones del poco futuro que le deparaba el mundo universitario de su tiempo. 
El artículo está aquí: 
«The Theory of Interstellar Trade». Publicado en Economic Inquiry 48 (2010). 
Sobre la influencia de los efectos de la relatividad especial en la economía hay dos artículos interesantes y divertidos: 
«Spacetime Finance» de Spen Haug para la revista Willmott. En este artículo encontraréis una amplia discusión sobre el valor que se le asigna a un determinado bien económico en un contexto relativista. 
«Tax in the Final Frontier: A Theory of Interstellar Tax» del profesor Adam Chodorow. En este artículo, escrito en clave de humor para la revista Tax Analysts, se habla sobre los efectos relativistas en el cálculo de los impuestos.
Y llegados a este punto podríamos pensar que todo esto es una chorrada porque nunca encontraremos situaciones, al menos en nuestra generación y las próximas venideras donde esto de la economía relativista tenga la más mínima importancia o utilidad. Si estáis pensando en ello estáis totalmente equivocados. 
En nuestro mundo, de hecho, podríamos definirlo como aquello que sustenta una red internáutica. Hoy día las transacciones comerciales, la bolsa especialmente, no están confinadas a una ciudad ni tan siquiera a un país. El comercio a día de hoy es global. Y eso implica que las transacciones, las operaciones de oferta de venta, las órdenes de compra, la información de las cotizaciones, etc., tienen que estar perfectamente sincronizadas y localizadas en el espacio. 
Para conseguir eso tenemos que hacer uso de las impresionantes redes de satélites de posicionamiento, los GPS, y de los de transmisión de datos que hemos sido capaces de diseñar y de poner en funcionamiento. Es de fundamental importancia que los datos sean transmitidos, recibidos y procesados de forma simultánea debido a que cualquier desincronización podría dar ventaja a unos participantes sobre otros. Tenemos que pensar que los satélites están en órbita y se están moviendo respecto a nosotros que estamos en la superficie terrestre, por lo que están sometidos a procesos de dilatación temporal de la relatividad especial. Pero no podemos olvidar que tenemos otro efecto, los satélites están sometidos a menor gravedad que la superficie por lo que su tiempo pasa más rápido. Ambos efectos, el especial y el general-gravitatorio, son opuestos y el que gana es el gravitatorio. Todo eso se tiene que tener en cuenta para que el mercado no sufra consecuencias indeseables, sobre todo para algunos, de una mala sincronización de sistemas.
Todo esto ha sido estudiado en este artículo: «Relativistic Statistical Arbitrage» de los autores A. D. Wissner-Gross y C. E. Freer en 2010 en la revista Physical Review E 82. 
Así que tomen estas casi tres mil palabras como una perfecta excusa para hablar de relatividad y para considerar que aún nos quedan muchos problemas a los que enfrentarnos conforme vayamos avanzando en nuestro paseo por el universo.
Nos seguimos leyendo…

lunes, 9 de febrero de 2015

Daniel Innerarity: La decepción democrática


TRIBUNA

La decepción democrática

Debemos ser críticos con la política pero sin hacernos demasiadas ilusiones



Conviene que nos vayamos haciendo a la idea: la política es fundamentalmente un aprendizaje de la decepción. La democracia es un sistema político que genera decepción… especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna.

Pensemos en dos de las más comunes fuentes de desafecto ciudadano hacia nuestros representantes: la corrupción y el desacuerdo. El menos avisado puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el típico error de percepción que genera la corrupción descubierta o el desacuerdo institucionalizado propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, por supuesto, y la incapacidad para generar grandes acuerdos está en el origen de muchas de nuestras torpezas colectivas, pero deberíamos ser sinceros y reconocer que buena parte de nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia inadvertida por la comodidad en que se vive donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos. La antropología política nos enseña que hay un sentimiento atávico, nunca plenamente superado, de añoranza hacia formas de organización social en las que reine una plácida ignorancia y los políticos, como reza la queja habitual, no estén todo el día discutiendo.

Hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas suelen llamar “decisiones suboptimales”, que no es sino el precio que hay que pagar por el poder compartido y la soberanía limitada. Está incapacitado para la política quien no haya aprendido a gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. Hace falta al menos saber arreglárselas con el fracaso habitual de no poder sacar adelante completamente lo que se proponía. La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Similarmente los pactos y las alianzas no acreditan el propio poder sino que ponen de manifiesto que necesitamos de otros, que el poder es siempre una realidad compartida. El aprendizaje de la política fortalece la capacidad de convivir con ese tipo de frustraciones e invita a respetar los propios límites.

En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica

Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aunque sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. Las aspiraciones máximas o los ideales absolutos se rinden o ceden ante la dificultad del asunto y las pretensiones de los otros, con quienes hay que jugar la partida. No tiene nada de extraño, por ello, que nuestros más fervorosos seguidores aseguren que no era eso a lo que aspiraban. Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos inflen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable.

Todo esto provoca un carrusel de promesas, expectativas y frustraciones, de engaños y desengaños, que gira a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Los tiempos de la decepción —lo que tarda el nuevo Gobierno en defraudar nuestras expectativas o los carismas en desilusionar, los proyectos en desgastarse, la competencia en debilitarse— parecen haberse acortado dramáticamente.

Incluso quien se presenta generando las mayores expectativas de renovación —porque no forma parte de lo ya conocido y esa carencia de pasado político le permite gozar de la virginidad política como su principal valor—, no tarda mucho en decepcionarnos. Pronto recurren esos mismos a las jugadas políticas que nos habían escandalizado y se organizan como un aparato clásico. Comienzan “pudiendo”, siguen con un quién sabe y terminan posponiendo indefinidamente las promesas más audaces. Hemos pasado, por ejemplo, de no pagar la deuda a pagarla sólo en parte para finalizar con una inocua auditoría ética (apelando, por cierto, al juicio de los expertos). Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”. La estrategia para ganar elecciones es muy diferente de la tarea de gobernar, y por eso suele ocurrir que lo primero palidece a medida que se acerca la hora de la responsabilidad. Con el paso del tiempo, lo que era exhibido como radicalidad democrática —que los temas cruciales sean decididos por todos— se revela como indefinición táctica o simple ignorancia acerca de qué debe hacerse. No creo que Podemos tarde mucho en decepcionar, como ocurre con todos los actores políticos, no sólo porque comparten nuestra condición humana sino sobre todo porque en algún momento tendrán que tomar decisiones que suponen aceptar algo como menos malo. La prueba de fuego estará en el momento en que sus votos en una institución impliquen una preferencia por unos o por otros, cuando su abstención abra el paso del gobierno a alguien en concreto, todavía más, cuando tengan que preferir a alguien de “la casta” para gobernar.

Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”

¿Qué racionalidad podemos introducir en medio de esta decepción? Creo que lo mejor es partir de una constatación muy liberadora: la política es una actividad limitada, mediocre y frustrante porque así es la vida, limitada, mediocre y frustrante, lo que no nos impide, en ambos casos, tratar de hacerlas mejores. Y en segundo lugar, nuestras mejores aspiraciones no deberían ser incompatibles con la conciencia de la dificultad y los límites de gobernar en el siglo XXI. Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y demasiado poco entendido. La sociedad comprende poco los condicionamientos en medio de los cuales han de moverse y las complejidades de la vida pública. Esto no ha de entenderse como una disculpa sino todo lo contrario: es el elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas, impidiendo que campen desaforadas en el espacio de la imposibilidad.

Recordar tales cosas en medio de esa desbandada que llamamos desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros principales problemas, puede parecer una provocación. Si lo recuerdo es para defender estas tres tesis: que la política no está a la altura de lo que podemos esperar de ella, que no es inevitablemente desastrosa y que tampoco deberíamos hacernos demasiadas ilusiones a este respecto. Y es que las quejas por lo primero (por su incompetencia) se debilitan cuando uno da a entender que acepta lo segundo (que la política no tiene remedio) y cuando traslucen una expectativa desmesurada acerca de la política. De este modo no pretendo disculpar a nadie, sino permitir una crítica más certera, porque nada deja más ilesa a la política realmente existente que unas expectativas desmesuradas por parte de quien no ha entendido su lógica, sus limitaciones y lo que razonablemente podemos exigirle.

Ahora que todo está lleno de propuestas de regeneración democrática no viene nada mal que analicemos con menos histeria el contexto en el que se produce nuestra decepción política, para que estemos en condiciones de valorarla en su justa medida y no cometamos el error de sacar consecuencias equivocadas de ella. Deberíamos ser capaces de apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos cómodamente a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.


Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.

jueves, 5 de febrero de 2015

IMPRESIONANTE DOCUMENTAL: Universo secreto, viaje al interior de la célula




Recientemente, RTVE a través de La2 pasó recientemente y dentro de su programa DOCUFILIA un magnífico documental sobre el interior de la célula.

Además de lo interesante, didáctico y claramente educativo del documental, me gustaría destacar la excelente calidad tecnológica, gráfica y de discurso audiovisual para poder reflejar este tema. Pudimos ver como un virus trata de atravesar las defensas de la célula, como esta lucha contra él, la asombrosa capacidad de lucha y defensa y todo el proceso bioquímico que se produce.

Me quedé impresionado por este espectáculo didáctico y gráfico.

Al tiempo, debo decir que le surgen a uno una gran cantidad de dudas y reflexiones sobre la evolución de la vida, sus orígenes, la inteligencia de los procesos, la magia de la ciencia e incluso el origen "casual" o "decidido" de la vida.

Dedícale tiempo, pero te aseguro que merece la pena.