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Reflexiones sobre una crisis (insostenibilidad) mal entendida y peor enfrentada


José Antonio Pascual Trillo
Ex-Presidente de Amigos de la Tierra, España.
Publicado en: EL FORO 

























Desde las propuestas iniciales del concepto amplio (y ambiguo) de desarrollo sostenible (Informe Brundtland, Cumbre de Río de Janeiro) no se ha progresado mucho ni en una definición más uniforme y menos etérea, ni mucho menos en la aplicación del concepto a la práctica.

En todo caso, se ha ido perfilando una versión “blanda” del “desarrollo sostenible” que ha generado una amplia panoplia de formulaciones reformistas de ciertos conceptos económicos. Aunque las propuestas han alcanzado, en ocasiones, una gran complejidad, no han alterado en lo sustancial la base del paradigma neoclásico de la economía, instalado en la negación acrítica de los principios de la termodinámica clásica (Georgescu-Roegen) y en una aplicación real nada atenta a las aportaciones de las ciencias naturales y, particularmente, de la ecología.

De otro lado, la versión “fuerte” del desarrollo sostenible, asentada en la reformulación del paradigma económico y en búsqueda de una visión integrada entre ciencias naturales y sociales, ha ido estableciendo las bases de una economía ecológica rupturista e innovadora, ostentosamente ignorada por la ortodoxia economicista tradicional y la política dominantes.

Paralelamente al desarrollo de esa economía ecológica se ha ido produciendo su abandono del término “desarrollo sostenible” dada la “contaminación” manifiesta producida por el uso espurio del mismo por economistas neoclásicos y políticos tradicionales hasta consumar una apropiación indebida.

La evidente relación conceptual entre la versión fuerte del “desarrollo sostenible” -transmutado en “sostenibilidad fuerte”- y las propuestas previas de análisis de los límites físicos al crecimiento económico (Meadows), la economía del estado estacionario (Daly), los análisis de flujos de recursos o las recientes tesis del decrecimiento o acrecimiento (Latouche), crean un espacio ideológico crítico que exige para su solución la convergencia de las ciencias naturales y las ciencias sociales (la superación de “las dos culturas” de Snow); cuestión a la que se resisten con fuerza los intereses ideológicos y de poder ligados a las doctrinas dominantes en el campo de la economía neoclásica y especialmente en la parte más afectada por el discurso neoliberal (que resulta ser la más influyente).

En este sentido, la pregunta es cuánto tiempo más condicionará las decisiones reales la resistencia reaccionaria de las doctrinas dominantes en los campos ideológicos y de poder (económico y político), centradas en una aparentemente bien asentada alianza con buena parte de la población mundial ejerciente o aspirante al incremento constante de su nivel de consumo (de recursos y bienes, con la contrapartida de los incrementos en el volumen de residuos producidos y en la alteración y destrucción de ecosistemas y espacios naturales).

La explosión fulgurante de la actual crisis económica y financiera internacional (que ha logrado ocultar la crisis ambiental y de pobreza, previas a ella), generada por los mismos que una vez creada se yerguen como decisores de los caminos por los que los gobiernos y los ciudadanos han de discurrir hacia la supuesta salida, no parece haber hecho reaccionar coherentemente ni a los poderes públicos, ni a los ciudadanos, ni a los núcleos de pensamiento científico y social y comunicación, que lejos de aprovechar la oportunidad sin par de la crisis para evidenciar a los auténticos culpables y la insostenibilidad (ética, económica y ecológica) del modelo económico dominante, parecen replegarse a las doctrinas ideológicas y a los núcleos de intereses ligados a la generación de los problemas (amparados bajo el elusivo término de “los mercados”), que resultan ser, sorprendentemente (o no tanto), sus auténticos beneficiarios, los voceros de las directrices a seguir y los vigilantes de dicho seguimiento.

La constatación de lo anterior (en la forma en que actúan gobiernos, ciudadanos y agentes sociales, temerosos del hundimiento de un sistema asentado en el crecimiento económico como único mito, religión y objetivo a seguir) puede llegar a privar a la crisis (la económico-financiera actual, pero sobre todo la de la insostenibilidad del modelo económico dominante) de su única dimensión interesante: la del tiempo en el que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer (Bertolt Brecht) y que debe finalizar, naturalmente, en la ruptura de ese espacio de nadie.

Esa privación sería el peor de los efectos de la crisis.


Publicado el 24 de enero de 2011

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